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[COLUMNA] La pataleta de Francisco Méndez

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Un hombre tan insignificante que no puede decir de sí mismo más que es «columnista» manifiesta su desvergonzada envidia hacia la heroína nacional Lucy Avilés porque ella tiene los recursos necesarios para prestar ayuda (y lo ha hecho), pero él no. Esta clase de pelafustán, capaz de denigrar a una mujer notable, aprovechándose del reconocido nombre de ella para darle difusión a su insignificante columna, no merece más que insultos y maldiciones para que caigan sobre su cabeza en la forma de heces de paloma: seguramente él apreciará más esta lluvia que la (que no fue) recibida en las casas que se quemaron a causa de que (el) dilectísimo Estado de Méndez, no aceptó a tiempo el ofrecimiento de la inigualable Avilés.

Este mentecato asegura que la ayuda entregada por particulares para problemas públicos resulta inadmisible, puesto que la ayuda en estos casos solamente puede provenir del Estado: así que no se les ocurra subir los cerros si acaba de haber un terremoto y están en la costa: esperen el anuncio oficial de la ONEMI. ¿Pero qué entiende el microcéfalo de Méndez como un «problema público»? Las casas de los habitantes de Santa Olga les pertenecían a individuos particulares. ¿Acaso el número de casas hace que el problema devenga mágicamente «público»? ¿Y qué clase de imbécil se enreda en estas definiciones cuando hay personas que necesitan desesperadamente ayuda? ¿Qué alma tan abyecta deploraría la ayuda de un particular solo en virtud de un concepto inventado o acomodado para su conveniencia ideológica?

Méndez demuestra algo muy claro en su texto: es un miserable y merece que se lo recuerden todos los días de su vida. Porque él prefiere ver casas destruidas, pueblos arrasados y personas muertas (ojalá y el peso de sus cadáveres lo oprima cada noche desde hoy en adelante) antes de que un filántropo socorra a quienes están sufriendo. ¿Cómo el sufrimiento humano va a ser más importante que la intervención del Estado en las vidas de las personas? ¿En qué minuto la vida de una persona se volvió más importante que la imposición de las políticas públicas? ¿Cómo el Estado no va a poder sacrificar algunas vidas de plebeyos insignificantes con tal de abrir sus grandes Alamedas?

En su total desconexión de la realidad, Méndez cree que Avilés «exige» agradecimiento cuando ella, en realidad, se ha limitado a contestar obstrucciones y críticas tan elaboradas y fundamentadas como la de él, esto es, notorias solamente por su abyección. Méndez, que tiene ojos de perro y corazón de ciervo, le niega a Avilés su derecho a réplica, pero le impone tener que escuchar su berrinche de niño mimado: es un campeón de la «ley del embudo» o, como yo prefiero decir, un transgresor del principio de reciprocidad, puesto que se arroga facultades que no reconoce en los otros. Y, como buen determinista social, hace asunciones estúpidas acerca de cuáles son las ideas que colman la mente de Avilés. ¿Pero cómo podría un espíritu tan insignificante y servil imaginar siquiera lo que pueda haber en la mente de una heroína, de una figura grandiosa, de una mujer cuya frente no alcanza a divisar de tan alta que es? Como otros, Méndez incurre en desmesura al compararse con una figura que lo supera de manera irremediable.

Aparte de dejar en evidencia su pequeñez espiritual, Méndez todavía tiene cara para acusar a la Mujer del Año de transgredir el decoro y la prudencia. El más descarado de los criminales sería incapaz de igualar a esta rata que chilla agudamente o a esta serpiente que sisea arrastrándose entre los pies de su víctima. Méndez acabó con todo decoro cuando sugirió que Avilés podría haber no actuado del todo bien al ofrecer su ayuda: esto ya es suficiente para desacreditarlo públicamente de por vida. Pero, en lugar de quedarse aquí, él avanza hasta sugerir imprudencia en nuestra admiradísima Lucy. ¿Imprudencia por poner en nuestras manos una herramienta que salvó un número incalculable de bienes y de vidas? Con esto, Méndez se merece la condena vitalicia al oprobio: su desfachatada difamación de Avilés no puede perdonarse.

Todo esto lo dice el infame con un tono insufrible de superioridad moral: es un gusano dando lecciones sobre cómo ganar la Batalla de Waterloo. Su censura de la liberalidad individual es una amenaza para la convivencia, para la tolerancia, para el progreso y para la solidaridad. Él cree que no tenemos el derecho de evadir al Estado cuando ayudamos a nuestro prójimo y esto demuestra, otra vez, su bajeza moral. «¿Quieres dar limosna? Consigue un permiso municipal. ¿Quieres ayudar al pequeño comerciante? No le compres si no entrega boleta». Las únicas garantías de este sueño mojado de Méndez es que seremos vulnerados diariamente por funcionarios públicos interesados en su propio bien antes de que en el bien público. La idiotez de él, por supuesto, le impide ver la calamidad que está conjurando sobre todos nosotros al proponer que «el Estado se haga cargo». O, aún peor, la ve y aún así la desea: porque prefiere ver el mundo ardiendo (literalmente) antes de que permitir las interacciones voluntarias.

Nadie merece sufrir los efectos del fuego destructor, pero hay algunos que argumentan convincentemente en su contra.

Por Cristian Mancilla — Profesor de latín y griego antiguo

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