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[COLUMNA] Saint Giorgio contra la libertad

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El sábado por la noche, Saint Giorgio escribió una revelación en Twitter según la cual la educación gratuita debe ser impuesta incluso en contra de la voluntad de las personas. En su condición divina, él sabe perfectamente lo que es mejor para nosotros y para el mundo, de manera que no necesitamos deliberar al respecto y, si resulta que tenemos una opinión contraria a esta política pública, deberemos aceptarla igualmente en contra de nuestra voluntad porque Saint Giorgio tiene no solamente la sabiduría, sino también el poder para imponérnosla. ¿Qué clase de insolente e insensato se opondría, de todas maneras, a una figura superior e incuestionable como la suya?

Hay al menos tres argumentos para sostener, en el nivel de los mortales, la revelación de Saint Giorgio: 1ro, que la voluntad popular se manifestó a favor de la educación superior gratuita a través de los canales institucionales; 2do, que los detentadores del poder político pueden hacer uso de este de acuerdo con su capricho sin dar explicaciones al respecto, y 3ro, que la libertad irrestricta contraería una situación comparable con la de una «jungla». Este ejercicio resulta útil para entender, en una escala humana, algunas razones básicas por las cuales Saint Giorgio hizo la revelación mencionada arriba y por qué no debemos cuestionarla.

Sabemos que el gobierno actual fue electo por la mayoría de quienes votaron en las últimas elecciones. Ciertamente, el número de personas que votó a favor de la actual presidente es inferior incluso al número de personas que ha solicitado ser inscrita en el Registro Nacional de No Donantes, pero nuestra democracia funciona así: otorga la magistratura a quien obtiene una mayoría simple. La coalición del gobierno cuenta con mayoría, también, en el Congreso Nacional. Este respaldo popular manifestado en las urnas le otorga carte blanche a legisladores y presidente para tomar las decisiones que quieran, incluso si pasan por encima de lo que algunos llaman pomposamente «derechos fundamentales».

Aun cuando no contaren con el respaldo de los votos, en los hechos son los políticos quienes ocupan el poder y pueden, por la sola fuerza de los hechos, utilizarlo de acuerdo con lo que su capricho les indique: si esto significa legalizar el robo y la violación —como efectivamente han hecho—, no tenemos más que tolerarlo. Por lo demás, ellos mismos se han provisto de un aparato normativo y burocrático que justifica tautológicamente el poder que ejercen: tienen el derecho de utilizar este poder, puesto que ellos mismos se lo han otorgado y se han brindado el permiso para usarlo a discreción de acuerdo con su propio criterio y siempre que lo estimen conveniente. ¿Cómo podríamos nosotros, meros peones, oponernos a un órgano tan bien estructurado y tan firmemente sostenido?

Por último, debemos entender que es necesario limitar la libertad individual para evitar que vivamos en una jungla. La única forma de vivir en una sociedad realmente civilizada es utilizando la fuerza contra quienes intentan hacer uso de su propia voluntad. Resulta evidente, por lo demás, que no podemos confiarles un comportamiento libre a las personas, pero sí podemos confiarle poder sobre otras personas a un grupo reducido de ellas: los políticos. Una verdadera civilización no puede fundarse en el respeto de la dignidad y libertad de la persona, sino en el ejercicio caprichoso del poder de una élite sobre todos los demás: esto sí que es verdaderamente civilizado.

De manera que no debemos engañarnos creyendo que existe la posibilidad de que actuemos libremente: Saint Giorgio conoce nuestras necesidades mejor que nosotros mismos y, más aún, sabe cómo resolver cada uno de nuestros problemas mejor de lo que jamás podríamos intuir. De manera que debemos recordar y hacer carne las palabras de él: «incluso en contra de su voluntad». Una iluminación espiritual implica admitir que tu propia voluntad es dañina y solamente la palabra de Saint Giorgio y sus colegas olímpicos puede liberarte realmente y elevarte a una condición más allá de la humana.

Por Cristian Mancilla

Profesor de latín y griego antiguo

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